El género como categoría histórica

Como estudiante de Derecho, el respeto por todos los Derechos Humanos y su acceso en igualdad de oportunidades para todas las personas es algo que creo y practico. En ese sentido, con la siguiente entrada quiero inaugurar una nueva categoría en el blog: género. En esta, espero abordar temas sobre dos colectivos que la han tenido difícil, la tienen difícil y la tendrán difícil en la lucha por el respeto de todos sus derechos. Me refiero al colectivo mujeres y al LGBTIQ.

A esta entrada, espero, le seguirán muchas otras producto de los debates en clase que estoy teniendo este ciclo en la cátedra de Género y Derecho a cargo de Marisol Fernández Revoredo, teórica de género y de derecho de familia. Antes, mi única aproximación al estudio de género fue desde el plano político cuando elaboré una investigación monográfica (que está online aquí: http://bit.ly/2uAdX0b) sobre el impacto que tiene el diseño del sistema electoral en la efectividad de las cuotas de género en el Perú, a propósito de su comparación con el caso argentino. Sin más preámbulo, empecemos.

El concepto de género

A finales de los años 50’s y principios de los 60’s, los psiquiatras John Money y Robert Stoller acuñaron el término género para responder al factor que condiciona las conductas de las personas, ya sea como hombres o como mujeres. Estos psiquiatras propusieron dicho concepto a la luz de estudios de niños intersexuales en los que observaron que, si bien podían ser hombres o mujeres, su identidad de género se definía en base a su crianza.

Por eso, los doctores afirmaron que la conducta de las personas (definidas como solo de hombre o mujer) no depende de la anatomía del cuerpo, sino del entorno social y de la crianza. Prueba de ello es, además, las xxx y muchas otras prácticas culturales que mientras en nuestra sociedad occidental se entienden como masculinas, en otras culturas se ven como femeninas.

Durante esa época, surge también, en oposición a la tesis de Money y Stoller, el determinismo biológico que postula que la conducta humana (como masculina o femenina) no depende del entorno, sino de la anatomía (cerebro, hormonas).

Entonces, la construcción del género se produce a través de procesos socialización (crianza) y se entiende como mandatos de comportamiento -estereotípicos- para hombres y mujeres (por ejemplo, “los hombres no lloran”), como símbolos. Otros lo entienden como expectativas de comportamiento, por eso cuando el sujeto no cumple la expectativa se le sanciona socialmente con discriminación y burlas.

La tesis del patriarcado

Joan W. Scott, en El género: una categoría útil para el análisis histórico (1990), distingue tres formulaciones teóricas que han empleado las feministas a lo largo de la historia para explicar cómo actúa el género en las relaciones sociales humanas.

La primera tesis, esfuerzo completamente feminista, postula que la opresión de las mujeres está socialmente construida por el patriarcado y no existe por cuestiones biológicas. Hay una necesidad del varón por dominar a la mujer que se ve representada en el parto. Mary O’Brien señala que es el efecto del deseo de los hombres de trascender su alienación de los medios de producción de las mujeres. “El principio de continuidad generacional restaura la primacía de la paternidad y oscurece la función verdadera y la realidad social del trabajo de las mujeres en el parto”.

Para otras autoras, la clave del patriarcado no era la reproducción, sino la propia sexualidad. Catherine MacKinnon escribió que “la sexualidad es al feminismo lo que el trabajo al marxismo: lo que nos es más propia pero más quitada”. Así, la objetificación sexual es el proceso primario de la sujeción de la mujer.

El problema con esta teoría, escribe Scott, es que no hay que reducir el debate sobre el género a un sistema patriarcal porque hay también otros niveles de desigualdades que se entre cruzan. El patriarcado no es la única explicación para la opresión de las mujeres, hay otras variables. “La historia se convierte en un epifenómeno que proporciona variables continuas al tema inmutable de la desigualdad permanente del género”.

La tesis marxista

El movimiento feminista marxista propone, concretamente Heidi Hartmann, que es necesario erradicar la propia división del trabajo para acabar con la dominación del varón porque el patriarcado y el capitalismo son sistemas separados pero que interactúan y que el patriarcado se desarrolla y cambia siempre en función de las relaciones de producción.

El problema, anota Scott, es que los sistemas económicos no determinan directamente las relaciones de género y la subordinación de las mujeres precede al capitalismo y subsiste en el socialismo. Por eso, el género debe tener un status analítico independiente y propio.

La tesis del psicoanálisis

Esta corriente está interesada en los procesos vivenciales del niño (teorías relaciones-objeto) y en el lenguaje (teóricos post-estructuralistas) para su formación de su identidad de género. Para esta tesis, la dominación de la mujer por el hombre se puede explicar en  la familia y en la experiencia doméstica. Es la distribución de roles de los padres que los niños aprenden que la masculinidad se asocia al poder y la feminidad a la sumisión.

El problema es que no es correcto explicar la opresión de género desde estos términos. Cómo podemos explicar, dentro de esta teoría se pregunta Scott, el valor superior asignado y aprendido por los niños a los hombres sobre las mujeres incluso cuando estos niños viven fuera de familias nucleares o viven en familias en las que las responsabilidades entre marido y esposa se dividen por equidad.

La propuesta de Scott

Frente a las deficiencias de las tres teorías, Scott propone prestar atención a los sistemas simbólicos y no al sujeto, o al capitalismo, o al patriarcado de manera individual. Se tiene que apreciar el entramado social, las formas en que las sociedades representan el género. Esta simbología puede incluso positivizarse y adquirir fuerza normativa, por ejemplo, el Código peruano del Niño y Adolescente establece que solo las mujeres pueden cuidar a un niño menor de tres años.

Además, hay una estrecha relación entre género y poder. La palabra poder es una palabra generizada que se asocia a lo masculino. Por eso, hombres y mujeres no se deben entender como tales en términos biológicos, sino en sus relaciones sociales donde media el poder. Y la única hegemonía no es hombre sobre mujer porque dentro de las mismas mujeres también hay relaciones de poder (de clase, por ejemplo).

Por todo ello, propone Scott, no hay que excluir a los hombres. El problema de género no es un “problema de mujeres” como quisieron anotar hace décadas algunos autores, sino también es de hombres. Porque uno se define en contraposición al otro y el cómo construirnos es un problema compartido.

* Si les gustó este artículo y les gustaría leer el siguiente, suscríbanse dejándome sus datos en este formulario (http://bit.ly/2GrK2sz) o en el de abajo para que reciban por email mis nuevos artículos. Cualquier comentario, apreciación o aporte son siempre bienvenidos.

2 replies on “ El género como categoría histórica ”
  1. Me gustó mucho tu artículo. Sin embargo, me sabe a una entrada que se priva de servir el plato fuerte. ¿Cuál es, entonces, el origen de la supremacía masculina? ¿Está realmente el rol biológico descartado? ¿No es el hombre, en promedio, más fuerte que la mujer? Si buscamos los sistemas simbólicos de poder en el entramado político-social, entonces, ¿con qué modelo nos quedamos? ¿No es una teoría, por excelencia, una reducción estratégica con fines analíticos? Como querría Ortega y Gasset, ¿acaso pensar no es exagerar?

    1. Son excelentes preguntas, gracias por plantearlas. Efectivamente mi artículo tiene muchas limitaciones, el tema tiene para abordarse en libros completos creo yo, uno muy bueno es que el produce Scott. Creo también que las tres teorías tienen aciertos pero lo que Scott propone es llevar el debate sobre el género a la historia y entender que hay una estrecha relación entre género y poder. La palabra poder es una generizada que se asocia a lo masculino. Por eso, hombres y mujeres no se deben entender como tales en términos biológicos, sino en sus relaciones sociales donde media el poder. Así, el género más que la clase regulará el acceso a los recursos limitados. En ese sentido, hay que entender al género como un sistema donde hay varios símbolos a los que está asociado lo masculino o femenino. Y esta simbología se pueden convertir en conceptos normativos. Cuando eso pasa, en tanto “verdades jurídicas”, los asumimos como tales sin cuestionarlos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *