La empresa de la universidad

En setiembre del año pasado (2017), asistí al Congreso Internacional “El conflicto de las facultades”, organizado por el Centro de Estudios Filosóficos y la Facultad de Humanidades de la PUCP. Las distintas conferencias versaron alrededor del rol que cumplen las ciencias humanas en la formación de la persona y las razones por las que hoy en día ya no pueden cumplirlas. En esta columna busco expresar algunas de las ideas allí comentadas, a propósito de que mañana empiezo un nuevo ciclo académico en mi Facultad.

En el 399 a.C., el gran filósofo Socrátes fue enjuiciado y condenado a muerte por los tribunales del gobierno democrático de Atenas, hoy Grecia. Los cargos que se le imputaban era el corrompimiento a los jóvenes y propagar el ateísmo. ¿Pero cuáles eran estas ideas que propugnaba Socrátes? Él enseñaba que el fin más importante por perseguir era el camino de la virtud, la búsqueda de la verdad y la práctica del arete: buscar la excelencia. Para los atenienses de la época, la enseñanza de estas ideas significaban el corrompimiento de los estudiantes.

Hoy, claro está, se piensa diferente, la herencia socrática es altamente valorada y difundida. De hecho, la universidad se creó con la ideología socrática como base. Su fin incial fue el de ayudar al ser humano a esclarecer cuál es su camino a la felicidad y la virtud que debe seguir, esa era la empresa de la universidad, su objetivo.

El camino reflexivo universitario vs. el negocio

Hoy, lamentablemente, ya no hablamos de la empresa de la universidad, sino más bien de la universidad como empresa como señaló el profesor Carlos Castillo en su ponencia. Hoy la universidad, en muchos casos, es un ente meramente administrativo que en el transcurso de unos años tramita un título universitario, la universidad ya no enseña el camino de la reflexión, se ha olvidado de su causa de humanitas y de respetar su origen socrático.

Ahora estamos frente a una instrumentalización del saber, el saber es un mero medio para un fin último: el negocio. Y no olvidemos que la filosofía nació del ocio, aquel entendido como el tiempo libre ilustrado para pensar. Y como opuesto lingüístico del ocio se encuentra el negocio. El negocio es el móvil de la empresa, pero no debe serlo nunca de la universidad porque la universidad no está pensada para lucrar, está pensada para formar.

En este panorama, dice el profesor Adhemir Flores, las humanidades están en peligro y a la vez son un peligro para el modelo económico porque representan esta conciencia crítica que debiera enseñarse en la universidad.

Del homo academicus al homo economicus

Entonces, el homo academicus ya no está al servicio de la crítica sino que ahora es productor e inversor. La educación, en nuestro modelo de competencias, se entiende como la que te prepara en la técnica para poder entrar al mercado y ser productivos, es solo eso lo que importa para el sistema neoliberal. Así, la educación solo se lee en términos de utilidad, eficiencia, al servicio del mercado, buscando siempre la maximización del interés.

Hoy la concepción universal de ser humano que se tiene es la del homo economicus, el ser humano como empresa de su propia vida, como su propio capital humano, listo para consumir y producir. Es esta la combinación perfecta en el imaginario neoliberal. Entonces, el ser humano es un fin para si mismo y un medio para el otro, ya no hay integración social, hay integración sistémica; ya no hay relaciones interpersonales, hay redes de confianza.

Ciudadanos y no empleados

Pero, como bien sostiene el profesor chileno Ramón Soto, la educación no forma empleados, sino ciudadanos. Y ciudadanos participantes del debate social. Entonces, la educación como mera técnica que apuesta al progreso capital y abandona el desarrollo del ser humano a través de las humanidades no es posible.

Cierto es que el punto de vista técnico no es malo, pero su superioridad excluyente sí. No es que no se deba enseñar aspectos técnicos y prácticos en la educación universitaria, pero se debe enseñar también a reflexionar, a enseñar a discernir en sus estudiantes qué fines en la vida quieren para si mismos, que los conduzcan hacia su felicidad.

Entonces, ¿qué se busca? Una complementación: son con las cátedras humanistas y científicas con las que el ser humano regresará a la reflexión, al pensamiento crítico. Solo así se logrará calidad educativa, una universidad de calidad no es solo la que tiene a la mejor plana de profesores técnicos o la mejor infraestructura, es también la que se preocupa por enseñar a sus alumnos a pensar de manera consistente, a reflexionar sobre la justicia, la verdad, el amor y la felicidad.

Por eso las humanidades son tan importantes, porque son la empresa (objetivo) de la universidad, porque representan la herencia socrática, ese ocio que nos permite reflexionar. Es por ello que no pueden dejarse de lado en la currícula universitaria.

 

*La imagen que ilustra este texto corresponde al lienzo La Mort de Socrate (1787) de Jacques-Louis David.

*Esta columna fue originalmente publicada en la edición número 53 de la revista Gan@Más, en setiembre de 2017. También disponible online aquí

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