Solos en una multitud

En una columna pasada escribí sobre el Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard y la gran conclusión a la que llegaron después de estudiar por más de 80 años a más de 700 personas: las buenas relaciones nos mantienen más felices y más sanos. Y buenas relaciones no refiere a cantidad, sino a calidad. Pero ¿cómo lograr relaciones de calidad?

La psicóloga Sherry Turkle ha estudiado por años a las redes sociales como medio de comunicación y ha descubierto que nuestros smartphones no solo cambian lo que hacemos, sino quienes somos. Cada vez más nos estamos acostumbrando a la idea de estar juntos pero en solitario. Queremos estar con los demás, pero también en otros lugares conectados, y en cada espacio virtual al que entremos prestar atención solo a lo que nos interesa.

Es lo que la doctora llama el Efecto Ricitos de Oro: ni muy cerca, ni muy lejos, solo lo suficiente. Esta capacidad de controlar las distancias en una relación entre personas se logra con las redes sociales. En las redes se puede controlar lo que se va a decir. Un post en facebook, un tuit, una foto en Instagram y un mensaje por WhatsApp son medios que nos permiten presentarnos como queremos ser. Podemos editar, borrar, retocar, ni mucho, ni poco, solo lo suficiente.

El problema con lo anterior es que sacrificamos interacciones reales (cara a cara) exigentes y complicadas por interacciones virtuales. Y las interacicones virtuales solo nos dan porciones de información de la otra persona, no permiten que la conozcamos verdaderamente. Es irónico cómo es que estamos solos pero no queremos intimidad. Y esto es un círculo vicioso que hace que las personas no se sientan escuchadas y a la vez no escuchen a otras. En ese escenario, solo nos queda acudir a las redes sociales que brindan la sensación de tener cientos de oyentes automáticos.

Nuestras redes nos dan tres bonitas pero falsas garantías. La primera es que podemos concentrar nuestra atención donde querramos (y entrar y salir de múltiples conversaciones a las que nos dedicamos a medias), la segunda es que siempre tendremos oyentes dispuestos a escucharnos y la tercera –y quizás más importante– es que nunca estaremos solos.

Si se percatan, casi siempre, cada vez que “estamos solos” pero en una multitud acudimos a nuestros smartphones y redes sociales para conectarnos. Por ejemplo, cuando estamos en la cola para pagar algo o cuando esperamos a alguien que está retrasado. Es como si “estar solo” fuera un problema que se soluciona con conexión virtual.

Para la Dr. Turkle, conectarse es más un síntoma que una solución, solo expresa pero no resuelve un problema. Esta conexión permanente está cambiando la forma que pensamos de nosotros mismos: “posteo/tuiteo/comparto, luego existo”. Estamos usando a las redes sociales para definirnos compartiendo sentimientos, emociones y pensamientos. El problema es que si no tenemos conexión, no existimos, no nos encontramos. Y entonces, ¿qué hacemos?, se pregunta la doctora, nos conectamos más y más y en el proceso nos disponemos a estar aislados.

Pero, ¿cómo se pasa de la conexión al aislamiento? Esto ocurre cuando no se cultiva la capacidad de estar solos, la habilidad de estar con uno mismo. Y para formar vínculos con otros de calidad, para formar buenas relaciones, primero tenemos que tener una relación con nosotros mismos, tenemos que saber encontrarnos.

Si no tenemos la capacidad de estar solos, acudimos a otros para sentir menos ansiedad. Creemos que estar siempre conectados nos hace sentir menos solos. Pero corremos peligro, porque en realidad es todo lo contrario. Si no podemos estar solos, estaremos más solos.

¿Qué podemos hacer entonces? La respuesta evidentemente no es que no tengamos redes sociales, de hecho las redes sociales tienen muchas cosas positivas pero la clave está en que nuestras relaciones sociales no dependan de nuestras redes sociales. La Dra. Turkle da unos últimos consejos, “empecemos pensando que la soledad es buena. Démosle espacio. Encontremos maneras de enseñarla como un valor. Creen espacios sagrados en casa, la cocina, el comedor, y recupérenlos para conversar. Hagan lo mismo en el trabajo”.

Lo cierto es que todos necesitamos escucharnos mutuamente, incluidas las partes aburridas. Porque cuando dudamos, o titubeamos o no encontramos las palabras, cuando no podemos editar lo que decimos es cuando nos mostramos como realmente somos a los demás, y así podemos construir relaciones de calidad.

*Esta columna fue originalmente publicada en la edición número 58 de la revista Gan@Más, en abril de 2018. También disponible online aquí

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